Susana Baca: la voz resistente

Publicado originalmente en la revista Bocas de Colombia. 

Susana Baca, por Raul García
Foto: Raúl García

La casa de Susana Baca está rodeada del canto de los gallos, el mugido de las vacas, el rumor del mar, el color de las lilas, el olor del guano y la intensidad del sol seco del sur de Lima. La calma y suavidad que emanan en el ambiente de su casa son las mismas que ella ha impregnado en la tradicionalmente agitada y fuerte música afro, un estilo que la convirtió, a paso lento, en la más destacada solista afroperuana de la world music.

Hace más de diez años, junto a Ricardo Pereira, su esposo y mánager, empezaron a convertir este antiguo establo en su casa, su estudio, su centro cultural y su escuela de música. Hace cuatro, finalmente, se mudaron aquí, al distrito de Santa Bárbara, en la provincia de Cañete, a 136 kilómetros de la ciudad de Lima. Desde entonces, todos los días, a la hora del almuerzo, Susana –Susanita, como le dicen en casa– lucha contra las moscas sin perder la sonrisa.

Susana Baca es un símbolo de la música afroperuana a nivel mundial. Cuando lo logró ya había cumplido cincuenta años y se había dedicado por mucho tiempo a ser profesora. Pero, por más que se hicieran esperar, la decisión de apostar por su canto obtuvo resultados. En el año 2002 ganó su primer Grammy Latino por el disco Lamento negro y en el 2011, el segundo, por su colaboración con Calle 13 en la célebre canción “Latinoamérica”. Sus discos han sido celebrados por medios como The New York TimesLe MondeRolling StoneBillboardJazz Times y New Yorker, entre otros. Ha cantado junto a Totó la Momposina, Pedro Aznar, Caetano Veloso, Mercedes Sosa, Aterciopelados, Argelia Fragoso, Lila Downs, Nano Stern y Snarky Puppy. (Seguir leyendo en la revista Bocas…)

El señor de Sipán

Publicado originalmente en la revista Bocas (COL) de noviembre del 2017.

A 30 años del descubrimiento de uno de los grandes tesoros de América Latina.

WALTER ALVA
Foto: Raúl García

“Tuve la sensación de que alguien me estaba mirando desde dentro de la Tierra”, recuerda el arqueólogo peruano Walter Alva mientras observa una fotografía que muestra la primera pieza que fue encontrada hace treinta años en la tumba del Señor de Sipán. En la foto se observa una figura enterrada hasta la mitad: una orejera de oro de 92 milímetros de diámetro y, en el centro, el torso de un hombre que lleva un mazo en su brazo derecho, un collar que pareciera aludir a cabezas ajenas, una gran nariguera, una diadema semilunar sobre la cabeza y, sobre todo, unos ojos que miran fijamente. Por eso, todavía hoy, Walter Alva piensa que más que un hallazgo, ese momento fue “un encuentro mutuo”.

El hallazgo, ubicado en el valle de Lambayeque, en Chiclayo, en el norte del Perú, era un tesoro arqueológico de la cultura moche y de las civilizaciones antiguas de América. Además, era la primera tumba de un noble que se hallaba intacta en ese país: estandartes y tocados de cobre dorado, pectorales de cuentas de conchas, narigueras, orejeras, brazaletes, pulseras, diademas, sonajeras, bastones, escudos y campanas semilunares… Las piezas eran de oro acompañado de cobre, plata o turquesa y en el lugar también encontraron esqueletos de mujeres, niños, guerreros y animales.

Cuando Alva habla sobre arqueología, cuenta historias de sociedades que parecen seguir vivas. En efecto, se podría decir que él salvó a la cultura moche. No lo hizo en el año 600 d. C., cuando los cambios climatológicos hicieron sucumbir a la sociedad de entonces –muchas hipótesis apuntan a que fue una versión del fenómeno de El Niño–, pero sí en 1987, cuando, junto con Luis Chero Zurita y Susana Meneses, evitó que los saqueadores hicieran desaparecer en el mercado negro todo lo que había en ese lugar. “Machu Picchu es lo que es por sí misma. Sipán es lo que es por Walter Alva”, dijeron una vez para presentarlo en un programa de televisión.  (Seguir leyendo en la revista Bocas…)

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