Ricardo Wiesse: “Saco al ser humano de mis paisajes porque no tengo atracción por lo grotesco”

El pintor, uno de los artistas más importantes de la plástica peruana, explica el sentido de una vida ensimismada con los paisajes.

Ricardo Wiesse
Foto: Raúl García

En el taller del artista Ricardo Wiesse solo se escucha su respiración de 64 años y el rumor del inmenso y nublado mar del Pacífico que se ve a través de un ventanal. Son las cinco de la tarde, pero aquí no parece existir el tiempo.

No es solo una sensación. Después de más de cuatro décadas aislándose en huacas, desiertos, montañas y playas del Perú y sumergiéndose en el silencio de su taller, Wiesse escribió para su última exposición, Década reciente, que aspira a reivindicar “las virtudes del trabajo sin plazos, trabajo lento, único, particular”. Aquí, en esta casona sobre el acantilado de Barranco —de espaldas a la ciudad, a la modernidad, a los horarios fijos—, el tiempo se hace presente de otra manera. Está en las tres acuarelas que Wiesse ha ensayado desde el mediodía con colores ocres sobre cartulinas, en las veintitrés que ha acumulado en los últimos días y que tiene extendidas en el suelo de madera, en todos los paisajes figurativos y abstractos de mediano formato —los grandes pertenecen principalmente a la Galería Forum, el Museo de Arte de Lima, bancos y universidades— que después de más de cuatro décadas y decenas de exposiciones llegan a cubrir las altas paredes y pasadizos de su estudio.

Wiesse dice que no trabaja. Se define constantemente como un gozador, como un hombre que tuvo la suerte de dedicarse a lo que le dio la gana y de lo que le dio ganas fue de pintar los paisajes, sobre todo los de la costa. En sus cuadros figurativos elimina todo rastro del hombre moderno para recuperar el estado virginal de los paisajes antes de la llegada de los españoles. En sus ensimismamientos abstractos —que incluye esculturas y trabajos en relieve— fluye toda su admiración por el arte precolombino. “Uno vive y hace cosas. Otorgarse más que eso me parece falso”, dijo despreocupado en una entrevista del 2011 en la Galería de arte Amaranto. Pero después de 38 años de su primera exposición personal, es catalogado como uno de los pintores más serios, coherentes y profundos de la plástica peruana actual. Sigue leyendo “Ricardo Wiesse: “Saco al ser humano de mis paisajes porque no tengo atracción por lo grotesco””

Susana Baca: la voz resistente

Publicado originalmente en la revista Bocas de Colombia. 

Susana Baca, por Raul García
Foto: Raúl García

La casa de Susana Baca está rodeada del canto de los gallos, el mugido de las vacas, el rumor del mar, el color de las lilas, el olor del guano y la intensidad del sol seco del sur de Lima. La calma y suavidad que emanan en el ambiente de su casa son las mismas que ella ha impregnado en la tradicionalmente agitada y fuerte música afro, un estilo que la convirtió, a paso lento, en la más destacada solista afroperuana de la world music.

Hace más de diez años, junto a Ricardo Pereira, su esposo y mánager, empezaron a convertir este antiguo establo en su casa, su estudio, su centro cultural y su escuela de música. Hace cuatro, finalmente, se mudaron aquí, al distrito de Santa Bárbara, en la provincia de Cañete, a 136 kilómetros de la ciudad de Lima. Desde entonces, todos los días, a la hora del almuerzo, Susana –Susanita, como le dicen en casa– lucha contra las moscas sin perder la sonrisa.

Susana Baca es un símbolo de la música afroperuana a nivel mundial. Cuando lo logró ya había cumplido cincuenta años y se había dedicado por mucho tiempo a ser profesora. Pero, por más que se hicieran esperar, la decisión de apostar por su canto obtuvo resultados. En el año 2002 ganó su primer Grammy Latino por el disco Lamento negro y en el 2011, el segundo, por su colaboración con Calle 13 en la célebre canción “Latinoamérica”. Sus discos han sido celebrados por medios como The New York TimesLe MondeRolling StoneBillboardJazz Times y New Yorker, entre otros. Ha cantado junto a Totó la Momposina, Pedro Aznar, Caetano Veloso, Mercedes Sosa, Aterciopelados, Argelia Fragoso, Lila Downs, Nano Stern y Snarky Puppy. (Seguir leyendo en la revista Bocas…)

Sara Bertrand: “¿Quién instaló esa nefasta idea de que la literatura para niños y jóvenes son solo mundos felices?”

La escritora chilena, una de las más destacadas de la literatura infantil y juvenil contemporánea, explica el sentido de las imágenes tristes, la seguridad que brindan los libros en medio del caos y el poder del relato para recuperar la memoria femenina. 

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Foto: Raúl García

La escritora chilena Sara Bertrand ganó el premio de literatura infantil más importante del mundo, el New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017, con una historia triste: La Mujer de la guarda (2016). Acompañada de oscuras y delicadas ilustraciones grises con detalles azules, el relato narra las dificultades reales y las aventuras ficticias de Jacinta, una niña que tiene que hacerse cargo de sus hermanos menores debido a la muerte de la madre y la ausencia constante del padre.

Si de pequeña las lecturas se convirtieron en un refugio ante la frustración familiar y nacional germinada por la dictadura de Augusto Pinochet, los años han llevado a Bertrand a darle vuelta a la ecuación. Es ella ahora quien despliega su obsesión por la memoria, la identidad, la nostalgia, la muerte y el abandono en historias que muchas veces ni ella, ni sus editores, ni sus lectores, saben discernir para quién son, pero que han sido traducidas al francés, catalán e italiano. Sigue leyendo “Sara Bertrand: “¿Quién instaló esa nefasta idea de que la literatura para niños y jóvenes son solo mundos felices?””

Stephen Ferry: cómo fotografiar una realidad ambigua

El fotógrafo estadounidense, distinguido en dos oportunidades por la fundación Word Press Photo, ha retratado la complejidad real del conflicto colombiano con las FARC y la de Latinoamérica con la minería, todo un ensayo sobre las distintas capas de la tan mentada neutralidad informativa. 

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Stephen Ferry (Estados Unidos, 1960). (Foto: Raúl Garcia)

Cuando Stephen Ferry era niño, en su casa de Cambridge, Massachusetts, no había televisión. En plena efervescencia de las revueltas contra la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, su familia se mantenía al tanto de la tensión a través de los periódicos y las revistas. En junio de 1972, cuando Ferry tenía doce años, Life publicó la imagen tomada por Nick Ut que se convertiría en el ícono de la tragedia de la guerra: cinco niños espantados huían por la carretera de un ataque con napalm en la ciudad de Trang Bang. “Creo que fue ahí”, supone Ferry a los 58 años, “que entendí, sin ser muy consciente, la potencia de la fotografía”.

La entendió al punto que hoy acumula los premios World Press Photo, Picture of the Year y Best of Photojournalism, entre otras distinciones y becas académicas. Más allá de sus colaboraciones constantes con medios como The New Yorker, National Geographic, The New York Times o GEO en temas de política, derechos humanos y medioambiente, su estilo y forma de trabajo han quedado resumidos en, Violentología: manual del conflicto colombiano, publicado en 2012. Sigue leyendo “Stephen Ferry: cómo fotografiar una realidad ambigua”

Alfredo Márquez: memoria de una generación indomable

Después de entregar todas las energías a su exposición antológica, Alfredo Márquez se sienta en su taller para exprimir las últimas conclusiones de más de tres décadas de trabajo artístico.

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Foto: Raúl García 

Alfredo Márquez dice estar “consumido”. Ha pasado un año dedicado a preparar la muestra retrospectiva que reunió 35 años de su trabajo artístico y, durante el mes y medio que duró la exposición en la galería Germán Krüger Espantoso del ICPNA de Miraflores, ha realizado aproximadamente noventa horas de visitas guiadas. Además, ha presentado Katatay y otros actos de colaboración, el primer libro que reúne gran parte de su obra y que tuvo que supervisar afiebrado desde la distancia. En efecto, hoy se pesó y descubrió que ha perdido siete kilos de peso.

También ha perdido su celular y la cinta con la que se amarraba el pelo desde hace una década. “No creo que sean actos fallidos”, dice agotado en su taller de Barranco, a donde ha llegado, caída ya la noche del viernes, después de cuatro días dedicado a desmontar todo lo planificado en este tiempo. “Hay algo que quiero dejar, olvidar, y no sé qué mierda es. Trabajar una antológica, que en este caso es una una memoria de lo que hice con muchos amigos, ha sido demasiado. Quiero descansar un poco de haber estado demasiado consciente”. Sigue leyendo “Alfredo Márquez: memoria de una generación indomable”

El señor de Sipán

Publicado originalmente en la revista Bocas (COL) de noviembre del 2017.

A 30 años del descubrimiento de uno de los grandes tesoros de América Latina.

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Foto: Raúl García

“Tuve la sensación de que alguien me estaba mirando desde dentro de la Tierra”, recuerda el arqueólogo peruano Walter Alva mientras observa una fotografía que muestra la primera pieza que fue encontrada hace treinta años en la tumba del Señor de Sipán. En la foto se observa una figura enterrada hasta la mitad: una orejera de oro de 92 milímetros de diámetro y, en el centro, el torso de un hombre que lleva un mazo en su brazo derecho, un collar que pareciera aludir a cabezas ajenas, una gran nariguera, una diadema semilunar sobre la cabeza y, sobre todo, unos ojos que miran fijamente. Por eso, todavía hoy, Walter Alva piensa que más que un hallazgo, ese momento fue “un encuentro mutuo”.

El hallazgo, ubicado en el valle de Lambayeque, en Chiclayo, en el norte del Perú, era un tesoro arqueológico de la cultura moche y de las civilizaciones antiguas de América. Además, era la primera tumba de un noble que se hallaba intacta en ese país: estandartes y tocados de cobre dorado, pectorales de cuentas de conchas, narigueras, orejeras, brazaletes, pulseras, diademas, sonajeras, bastones, escudos y campanas semilunares… Las piezas eran de oro acompañado de cobre, plata o turquesa y en el lugar también encontraron esqueletos de mujeres, niños, guerreros y animales.

Cuando Alva habla sobre arqueología, cuenta historias de sociedades que parecen seguir vivas. En efecto, se podría decir que él salvó a la cultura moche. No lo hizo en el año 600 d. C., cuando los cambios climatológicos hicieron sucumbir a la sociedad de entonces –muchas hipótesis apuntan a que fue una versión del fenómeno de El Niño–, pero sí en 1987, cuando, junto con Luis Chero Zurita y Susana Meneses, evitó que los saqueadores hicieran desaparecer en el mercado negro todo lo que había en ese lugar. “Machu Picchu es lo que es por sí misma. Sipán es lo que es por Walter Alva”, dijeron una vez para presentarlo en un programa de televisión.  (Seguir leyendo en la revista Bocas…)

Hernán Casciari: “Hay que ser niños ante el Word y adultos frente al Excel”

Uno de los mejores narradores del momento explica por qué es necesario recordar las preguntas básicas de la infancia para madurar y crear medios nobles.

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Foto: Stefany Aquise / LaMula.pe

“En mil cuatrocientas palabras libres los mandé a cagar”. Con esas palabras, en el año 2011, el escritor argentino Hernán Casciari se ganó uno de los primeros aplausos masivos que se le harían cada vez más comunes con el paso del tiempo. Se refería, en ese entonces, a la decisión que tomó en 2010 de renunciar a las cuatro grandes editoriales que publicaban sus libros (y, según ha contado, le robaban) y a los dos periódicos en los que contaba con una columna (y cada vez menos palabras). Su hartazgo lo convirtió en Orsai, una revista sin intermediarios entre los creadores, los autores y los lectores, sin publicidad y, a la vez, con la mayor calidad narrativa y artística. El objetivo: demostrar que la famosa crisis de la industria no es económica, sino moral. Hoy, después de seis años, siete libros y dieciséis números de la revista, su historia es más que conocida y si sufre un infarto, es noticia.

Usar las palabras, ser libre y mandar a cagar al resto, es lo que hace Casciari. Y lo hace con una sencillez y eficacia solo comparable con los relatos para niños y las confesiones sinceras. (Seguir leyendo en LaMula.pe) 

Juan Villoro: cómo alejarse de la arrogancia intelectual

El escritor mexicano, uno de los principales invitados de la Feria Internacional de Libro de Lima, explica por qué ni la madurez hace que uno entienda el mundo mejor que los demás.

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Foto: Stefany Aquise / LaMula.pe

“No en balde Villoro lo sabe todo, lo ha visto todo y oído todo, y ha leído todos los libros y más”, escribió el escritor mexicano Hugo Hiriart (Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009) en ‘Materia dispuesta’ (Candaya, 2011), un libro de casi quinientas páginas en el que 41 especialistas analizan -sin poder evitar la fascinación, la mayoría de la veces- la obra de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956).

Villoro ríe. “Lo que pasa es que soy una persona muy metiche y siempre ando buscando cosas diferentes. En eso yo creo que tengo una condición psicológica más bien infantil. Yo veo jugar a los niños, cómo se concentran enormemente en una tarea y de pronto ya están en otra”, se explica. “Me han interesado mucha cosas pero también hay cosas que me repugnan. El golf, por ejemplo. Me parece absurdo como concepto, ecológicamente espantoso y un deporte para ricos ociosos. Hay también muchas molestias de la vida diaria que no comprendo, entre ellas todo lo que se relaciona con el dinero, la economía, los precios, el consumo, las marcas. Si alguien me pregunta de situaciones en África, debo confesar que no sé nada”.

Después de seis novelas (incluida ‘El Testigo’, Premio Herralde 2004), seis libros de cuentos, ocho libros de literatura infantil, seis de ensayos, diez de crónicas y tres obras de teatro, hay que seguir sumando: el artículo ‘La alfombra roja del terror narco’ que le valió el Premio de Periodismo Rey de España en 2010, sus constantes conferencias sobre todo lo habido y por haber, canciones escritas para bandas como Café Tacuba y sus últimas incursiones en el escenario para llevar a cabo lecturas acompañado de la banda Caifanes. A los 60 años, Villoro, el hombre que parece saberlo todo, lo repite una y otra vez: “Una de las cosas más extraordinaria que le puede pasar a una persona es ser principiante”. (Seguir leyendo en LaMula.pe) 

Joe Sacco: por qué un reportero de guerra debe volver a reír

Una entrevista con el dibujante más destacado del periodismo contemporáneo.

 

Hay Festival Arequipa 2016
Foto: Hans Rivadeneira / LaMula.pe

“El periodismo es un proceso con grietas e imperfecciones en el que se ve implicado un ser humano, no una fría ciencia llevada a cabo por un robot”, escribió Joe Sacco (Malta, 1960) en la introducción de Reportajes (2012).

En este libro, Sacco compiló sus reportajes ilustrados, crónicas gráficas -llámelos como desee- sobre las guerras en Palestina, Irak, Kushinagar, Chechenia, la migración africana y lo primeros procesos internacionales por crímenes de guerra que destaparon las guerras en Yugoslavia. Cada uno de ellos publicado en medios como Times Magazine, New York Times Magazine, The Guardian Weekend, Harper’s Magazine, Virginia Quartely Review, entre otros. Esta es una pequeña muestra de una obra gráfica que -después de un inicio dedicado a retratar el mundo del rock and roll– lleva hasta hoy casi 25 años y 13 libros, la mayoría de ellos dedicados a retratar los grandes conflictos humanos del siglo XX y XXI.  (Seguir leyendo en LaMula.pe)

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