Sara Bertrand: “¿Quién instaló esa nefasta idea de que la literatura para niños y jóvenes son solo mundos felices?”

La escritora chilena, una de las más destacadas de la literatura infantil y juvenil contemporánea, explica el sentido de las imágenes tristes, la seguridad que brindan los libros en medio del caos y el poder del relato para recuperar la memoria femenina. 

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Foto: Raúl García

La escritora chilena Sara Bertrand ganó el premio de literatura infantil más importante del mundo, el New Horizons Bologna Ragazzi Award 2017, con una historia triste: La Mujer de la guarda (2016). Acompañada de oscuras y delicadas ilustraciones grises con detalles azules, el relato narra las dificultades reales y las aventuras ficticias de Jacinta, una niña que tiene que hacerse cargo de sus hermanos menores debido a la muerte de la madre y la ausencia constante del padre.

Si de pequeña las lecturas se convirtieron en un refugio ante la frustración familiar y nacional germinada por la dictadura de Augusto Pinochet, los años han llevado a Bertrand a darle vuelta a la ecuación. Es ella ahora quien despliega su obsesión por la memoria, la identidad, la nostalgia, la muerte y el abandono en historias que muchas veces ni ella, ni sus editores, ni sus lectores, saben discernir para quién son, pero que han sido traducidas al francés, catalán e italiano.

En un inicio —después de sus estudios en Historia y paralelamente a una carrera como periodista— la maternidad la llevó a convertir en libros las historias de aventuras que le contaba a sus hijos. Pero una vez que crecieron, no se detuvo. Hoy, su bibliografía con catorce títulos de ficción ha dejado atrás tramas como las de La momia del salar (2013), que abordaba “el mundo mágico de los espíritus que animan el desierto chileno”, para encarrilarse en complejidades como las de Álbum familiar (2016) que rescata la angustia incomprensible de un grupo de niños durante el régimen militar. O como la de Cuando los peces se fueron volando (2015), con la que ahonda en la muerte de su padre y reflexiona sobre “la conciencia de finitud que dan las pérdidas”.

“La infancia no es solo un periodo gravitante sino fundamental”, se recoge el pelo de un lado para el otro constantemente Bertrand, trepada por completo en un sillón del hotel donde se hospeda durante los días de la Feria Internacional del Libro de Lima e Imaquinario: el Encuentro Internacional de Ilustración. “Hay muchas cosas que si tú no las resuelves, te seguirán como un rumor, como una cadencia que te hará volver una y otra vez a ello. Y yo siento que hubo un largo periodo en Chile en el que todos estuvimos sobreviviendo. Niños y adultos. Por eso siento que tengo que volver a entender mi infancia de esta manera”.

Has rechazado muchas veces el concepto de literatura infantil. ¿Qué es lo que consideras que termina haciendo de tus libros, historias para niños y jóvenes?

¿La mujer de la guarda dirías que es un libro infantil? ¿juvenil? ¿adulto? Creo que la literatura es muy universal. Si te das cuenta siempre hay una conversación en el aire y de esa conversación participamos todos. Siento que la clasificación que hay hoy en día es una clasificación de mercado, de las grandes editoriales, esas que son capaces de —en vez de regalarlos a gente que no tiene— romper los libros cuando no vendieron tanto. Eso es muy capitalista: mirar los libros como productos de consumo cuando en realidad surgen por una pulsión, que si es honesta, siempre va a ser universal. No es que me niegue al concepto. Ok, lo diré: sí, me siento una escritora juvenil porque me gustan los jóvenes, porque me gusta la temática juvenil. Me hago cargo de mis primeros libros que fueron infantiles. Esas novelas eran historias que les contaba a mi hijos y las relaciono mucho con el periodismo porque eran historias lineales, que comenzaban, terminaban y no habían muchos más matices. Pero eso es distinto de un libro con el cual uno quiere revelar algo, descubrirse, y eso no tiene edad. Siento que soy una escritora juvenil porque voy a seguir escribiendo novelas que tengan sentido para los jóvenes, pero me coloco siempre en un espacio de duda que me haga sentido a mí.

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Ilustración incluida en La mujer de la guarda, a cargo de Alejandra Acosta.

¿Cuál es el sentido de ahondar en la pena, el dolor, las ausencias, si, por el contrario, se dice que hay que apuntar a la felicidad del éxito?

María Negroni dice en uno de sus libros que al final la parte más difícil se la lleva el lector. Es como un cliché, pero el lector es el que termina la obra, el que le va a dar todo el matiz. Siento que uno subestima muchas veces a los lectores y las casas comerciales los subestiman aún más al ponerles estas edades. No creo que uno deba escribir para jóvenes porque el lector no tiene edad. Cuando yo escribo me siento cerca de los jóvenes y me encanta porque siento que son raros, temperamentales, pero también reconozco que eso es parte de mí. Pasa que siento simpatía con mis iguales, y eso no quiere decir que me sienta inmadura. Reconozco que el lugar donde ellos se mueven me atrae como espacio de habitación. Lo que no me gustaría es pensar en qué les puede gustar. Si hago ese movimiento voy a perder la conexión conmigo, que es el pulso de la escritura. La historia de la literatura infantil está compuesta de obras que los lectores jóvenes se apropiaron y que no fueron escritas para ellos. Es una literatura que surgió porque ellos eligieron qué leer, no fueron los adultos los que determinaron eso. Encuentro muy peligroso que los escritores nos pongamos a pensar qué quieren los jóvenes en vez de mirarnos hacia dentro.

¿Qué crees haber entendido sobre las emociones tristes al ahondar en ellas a través de tus historias?

Tu pregunta merecería una reflexión acerca de quién instaló esa idea tan demente y nefasta de que en la literatura es mejor exponer a niños y jóvenes solo a mundos felices, bellos, construidos con buenas intenciones. Pienso en el daño que causó Disney a los clásicos infantiles, por ejemplo, al reescribirlos en formato ñoño, dejando de lado toda la conversación con el mal, con la presencia del diablo, de los padres ausentes, de las madres listillas. Los cuentos clásicos están llenos de horror y me imagino que cuando en Latinoamérica por fin nos decidamos a guillotinar al rey —es decir, cuando dejemos de responder a los cánones del viejo mundo y comencemos a dialogar con nuestras raíces, nuestro paisaje y nuestra atmósfera— aparecerán una gran cantidad de monstruos de tres o cuatro cabezas, todos esos verdaderos terrores latinos que han tenido poco espacio para expresarse. Entonces no sonará extraño que quienes escriben para jóvenes o niños, lo hagan desde la oscuridad o la ausencia. La literatura sea infantil, juvenil o senil, finalmente es una de las formas que tiene el arte de narrar y representar la vida misma que nunca está exenta de imágenes tristes, de momentos dolorosos.

Para Álbum familiar has contado que tuviste que escarbar en tu memoria para identificar las emociones reales que se vivían durante la dictadura y no confundirlas con los recuerdos que tenías de esas emociones. ¿Cuánta distancia encontraste entre una cosa y la otra?

Puede que suene más difícil de lo que fue, porque a la hora de escribir, me apoyé en el formato de un álbum de fotografías. Como todo álbum de fotos, debía contar la historia de una familia a través de momentos, una historia fragmentada por un lente que captura almuerzos, amores, matrimonios, nacimientos y muertes y que, eventualmente, pudiera leerse así, tal como se miran los álbumes de foto: desordenadamente. Necesitaba que sonaran reales para que el lector tuviera la sensación de estar en medio de esa escena familiar. Por eso recurrí a las emociones. Era lo único “real”, o, tan personal que podía transformarse en algo universal, sentido por todos. Por ejemplo, al tomar ciertos hitos, como las protestas contra Pinochet de los años ochenta, más que un documento de época, quería representar la emoción de la calle, sus vibraciones. Para quienes participamos en ellas, fue emocionante sentir esa hermandad, sin importar de dónde vinieras ni cuál era tu historia. Estábamos unidos por un profundo respeto a la humanidad, por nuestras ansias de libertad.

El escritor Carlos Reyes escribió que una de las preguntas centrales que planteas en ese libro es si es posible proteger nuestra pequeña historia personal de la otra tan grande que escriben los poderosos alrededor nuestro. ¿Tienes una respuesta para eso?

Esa ecuación entre la Historia de la humanidad, con mayúscula, y la vida de las personas es imposible. Los procesos universales se echan a andar por fuerzas y movimientos que se cocinan a fuego lento y, muchas veces, las respuestas individuales a las situaciones nacionales o universales, no logran sintonizarse. Es decir, no somos tan rápidos para responder a la Historia porque nos cae encima como desgracia, con la fuerza de un accidente. Luego, más tarde, te das cuenta que tu respuesta no necesariamente debía aspirar a lo magnánimo. Pertenezco a esa generación que creía que podía cambiar el mundo, que esperaba botar a Pinochet, devolver la libertad a nuestro país, construir un Chile mejor. Son muchos deseos juntos para un grupo de adolescentes sin poder, ¿no?

Hace poco escribiste una columna titulada Mujeres y memoria donde dices “ahora es cuando recuperamos nuestro relato”. ¿Cómo se recupera un relato?

Está saliendo mucha literatura femenina desde un punto de vista que me gusta mucho. Las mujeres no habíamos tenido la oportunidad de narrarnos. Mi acercamiento sexual a través de los libros fue a través de las voces masculinas y eso es super fuerte: darte cuenta que nunca habías leído un orgasmo narrado por una mujer, que tuviste que aprender de la voz masculina que muchas veces ni entiende cómo se excitan las mujeres. Uno de mis próximos libros es una novela sobre el despertar sexual de una chica. Ella recupera la memoria de la abuela, la madre y la hija para saber cómo en las tres ocurre ese despertar. A mí me parece super interesante que se empiecen a completar estos espacios de memoria. Gabriela Mistral, por ejemplo, ¡toda la sexualidad escondida que quedó ahí, en una poetisa de una pluma que era brutal! ¡Me hubiera encantado escucharla hablar de sexo! Pero cuando me refiero a que recuperamos nuestro relato no solo me refiero al sexo, sino a que ha habido bastante machismo literario. Evidentemente los millones de libros publicados son millones de libros publicados por hombres.

¿De qué manera el crecimiento del feminismo te interpela como escritora?

Tengo una relación un poco dicotómica con el tema. Por una parte yo crecí en una familia de muchos hombres muy locos. Yo saqué la AK47 muy pequeñita. Había que defenderse y eso lo entendí muy rápido. A mí me gustaba vestirme de hombre. Encontraba mucho más entretenido el mundo de los hombres que el de las mujeres y no me sentí como “el sexo débil”. Nunca hubo un tema en mi familia con que me gustaran esas cosas. Siempre me gustaron los hombres y siempre tuve libertad para expresar mi sexualidad siendo muy masculina. Yo no sentí el machismo hasta muy tarde porque luego entré a un colegio de monjas muy feministas que marchaban contra Pinochet. Eso nos empoderó mucho y me acostumbré a hablar fuerte, a dar mi opinión. Yo recién sentí el machismo en la universidad y me sorprendía. Ese es el conflicto que tengo, que no lo tengo. A mí lo que me gusta de estas luchas es la lucha para que las mujeres podamos ser lo que queramos ser.

¿Cómo fue tu acercamiento a la literatura que hizo que esta se convirtiera en un “espacio seguro” en tu vida, como has dicho en varias ocasiones?

No tuve una infancia fácil y para mí los libros fueron mucho consuelo. Comencé a leer desde muy pequeña y siempre fue como un espacio de refugio para abstraerme del mundo, una forma de habitar lugares seguros. Un libro siempre tiene un comienzo y un final y yo vivía en una casa donde nunca sabías qué iba a pasar, donde parecía que todo se iba a caer en algún momento. Los libros para mí eran un lugar de habitación en medio de la dictadura militar que fue un contexto de muy poca cultura, muy hacia dentro, muy deprimido, muy gris. Por más que en mi familia no tuvimos detenidos ni desaparecidos ni torturados, igual habíamos vivido un periodo bastante cagón y gris. Pese a que tuvimos una infancia y nos reímos y jugamos, también nos había sucedido todo lo demás.

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Foto: Raúl García

Leías autores muy maduros a temprana edad. ¿Qué encontrabas en ellos?

Mi abuelo empezó a regalarme libros de los que yo no tuve conciencia de su hermosura hasta que fui grande. Él me regaló Los hermanos Karamasov a los diez años y obviamente no entendí nada, pero con el tiempo los autores rusos se volvieron fundamentales para mí porque siento que descubrieron algo sobre la representación de la gente de a pie. Y eso me gustaba mucho: lo ridículo, lo demente que somos los seres humanos bien representados. Pero fui muy poco sistemática para reconocer mis necesidades literarias. Fue una relación súper intuitiva y ecléctica, guiada por títulos, portadas o contratapas que llamaban mi atención. Ahora me doy cuenta que eran libros relacionados con la temáticas que luego comencé a abordar: la familia, la memoria, el abandono, la muerte, la infancia.

¿Cómo se configuran esos pilares de tu obra y cómo se terminan guiando hacia a los jóvenes?

Me fascinan los niños. Tener hijos fue como redescubrir ese mundo. Me encanta verlos jugar porque tienen completa seguridad que van a controlar un espacio que es incontrorable de por sí. No tienen la sensación del caos ni de lo frágil que son los órdenes en la vida. Pero esa fascinación también parte de la inquietud que me quedó de una infancia no tan vivida, una infancia en la que me vi obligada a ser adulta porque tenía adultos que actuaban como niños o en estado de shock porque tenían al mundo encima y eran incapaces de reaccionar.

Cuando hablas de la fragilidad de los ordenes, ¿te refieres a esa fragilidad que buscas transmitir en tu obra?

Me cuesta mucho pensar en escribir para alguien, en realidad. Escribo por pulsión. Hay imágenes que me persiguen, que siento que no las puedo atrapar y por eso empiezo a elaborar algo en torno a eso. En La mujer de la guarda una de las primeras imágenes que tuve fue la de esta niña poniendo mantequilla al puré, que era un gesto tan amoroso en ese caso: cargar de más contenido —no importa si fuera grasa— un alimento para sus hermanos que debe cuidar. Me ha pasado lo mismo con otras imágenes. Una de ellas es el punto de partida de un siguiente libro que tiene como título tentativo Pensamientos ligeros, pero otra vez me han dicho que es todo lo contrario, que son puros pensamientos negros.

 

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